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Alturas que hacen daño

El orgullo humano será rebajado, y la arrogancia humana será humillada. Solo el Señor será exaltado en aquel día de juicio. Isaías 2:11-12
En enero de 2010 Dubái inauguró la torre más grande del mundo: 828 metros de altura, más de 160 pisos útiles, 39.000 toneladas de armazones de acero, 142.000 metros cuadrados de zonas acristaladas…

Desde la antigüedad, la lucha por ser el más grande, el más fuerte, el más alto, es el motor para demostrar ante los demás el poder. Esto nos recuerda la historia de la torre de Babel, relatada en el libro de Génesis. Los hombres habían dicho: “Vamos, construyamos una gran ciudad para nosotros con una torre que llegue hasta el cielo. Eso nos hará famosos y evitará que nos dispersemos por todo el mundo” (Génesis 11:4).

No sabemos cuál es la verdadera motivación de los constructores de hoy, pero podemos preguntarnos si difiere mucho de la de los hombres de antes. La vanidad que gobierna el corazón del hombre lo incita siempre a mostrar ante los demás su superioridad en el medio donde cree que puede sobresalir. Pero su orgullo también le impide tomar su lugar de criatura dependiente de Dios y lo conduce a rebelarse contra él. Entonces recordemos el final de la historia de la torre de Babel: “Por eso la ciudad se llamó Babel,porque fue allí donde el Señor confundió a la gente con distintos idiomas. Así los dispersó por todo el mundo.” (Génesis 11:9).

Dios se opone a los orgullosos pero da gracia a los humildes” (Santiago 4:6-7). Lo que nos llevará a aceptar ese don de la gracia divina, imprescindible para saldar la deuda de nuestros pecados, es someternos a un Dios que nos ama. Dejemos que la humildad y la bondad de Jesús, quien dio su vida para salvar a sus enemigos, llenen todo nuestro ser.

Fuente: La Buena Semilla