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El pasado pisado

Hay cargas que no podemos compartir con nadie. Las más pesadas son los tormentos que nos agobian por errores incrustados en nuestra memoria. Si a las preocupaciones ordinarias de la vida añadimos las de esas faltas pasadas que nos obsesionan, la carga será demasiado pesada. Solo confesando podemos ser libres de ese peso.

Toda falta es primeramente un pecado contra Dios y debemos confesárselo. Las faltas cometidas contra una persona igualmente deben ser confesadas en privado a aquel a quien se ha ofendido. Los pecados cometidos en público, por ejemplo una calumnia, deben ser confesados públicamente.

Sin embargo, no es bueno que un sentimiento excesivo de culpabilidad nos lleve a confesar en público aquello que solo debería ser confesado a Dios y, si es el caso, a la persona con la que nos hemos comportado mal.

Cuando las cosas que cargaban nuestra conciencia han sido arregladas, Dios nos asegura promesas como esta: “Nunca más me acordaré de sus pecados y maldades” (Hebreos 10:17). ¡Seríamos realmente insensatos si seguimos guardando en nuestra memoria aquello de lo que Dios nunca más se acordará! Por supuesto, nuestra mente no deja de funcionar, pero tenemos derecho a no volver a las faltas del pasado, pues nuestros pensamientos y nuestra conciencia tienen paz con respecto a ese tema.

¡Qué alegría para aquellos a quienes se les perdona la desobediencia, a quienes se les cubre su pecado! Sí, ¡qué alegría para aquellos a quienes el Señor les borró la culpa de su cuenta, los que llevan una vida de total transparencia!” (Salmo 32:1-2).