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¡Me perdí!

«No se va a perder; siga la carretera principal que conduce al pueblo». Seguí ese consejo, pero en realidad la famosa carretera me alejó de mi destino. Después de recorrer algunos kilómetros me di cuenta de que efectivamente me había perdido.

Es un poco la historia de nuestra vida. ¿De quién podemos fiarnos para no equivocarnos de dirección? Mi vida puede ser comparada a un camino. ¡Debo tomar la buena dirección si quiero llegar al buen lugar! ¿En quién confiar para orientarme bien? ¿Voy a seguir a la mayoría, o los consejos de filósofos, de líderes o de gurús, cada vez más numerosos?

Jesús me encontró en el camino, porque me buscaba. No estaba ahí por casualidad, sino que me estaba esperando. No solo me mostró el camino, sino que me invitó a creer en él y a seguirlo, sin obligarme. Aunque varias veces no quise escucharlo y me alejé cada vez más, él siempre me estuvo esperando. Su voz por fin halló eco en mi corazón: ¡creí en él! Me tomó en su mano poderosa y me salvó para siempre del camino que conduce a la perdición. Ahora, al lado de aquel que me lleva de la mano, qué gozo escuchar sus palabras: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Mediante su muerte para librarnos de nuestros pecados, Jesús nos abrió el camino que lleva al Padre, el camino a la vida eterna. ¡Pidámosle que nos ayude a caminar en las pisadas de Jesús! Démosle también las gracias por habernos dado a conocer el camino que conduce a la vida.

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Written by Vida en Acción Radio

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